Portada de El Olmo del Cáucaso

El olmo del Caúcaso / Taniguchi & Utsumi ; traducción: Shizuka Shimoyama y Miguel Ángel Ibáñez Muñoz. — Barcelona : Ponent Mon, 2004

Que siento debilidad por Jirô Taniguchi, ya lo sé. Y ahora vosotros, ciberlectores, os estaréis dando cuenta de ello, pero si os ha gustado tanto como a mí Barrio Lejano , otra de las obras de este exquisito autor que ya os he recomendado, no dejaréis pasar la oportunidad de gozar con la lectura de El Olmo del Cáucaso. Es posible que el título de la cubierta os lleve a error; no es una monografía sobre un olmo: ese es el primer relato de una serie de ocho cuentos melancólicos escritos por Utsumi, ocho historias adaptadas magistralmente por Taniguchi que peregrinan entre la infancia y la vejez, crujiendo nostalgia y poesía como las hojas del otoño.

Sin duda Taniguchi, ha sabido darle el trazo elegante que caracteriza sus obras, junto con un guión exacto para ser escueto y profundo.  La problemática contemporánea del hombre egocéntrico que sacrifica todo con tal de tener un lugar en la sociedad (que tanto le gusta a nuestro autor) está presente en sus historias, pero también hay cabida para la alegría, los reencuentros, las miradas devueltas, las lágrimas y las risas. Por ello os invito a leer un breve resumen de estas joyas, las ocho  canciones para el alma que conforman este libro:

El olmo del Cáucaso relata  el dilema de un pensionista que tiene que cortar un fascinante olmo centenario que molesta a los vecinos por las hojas que deja caer en otoño.
El caballo blanco de madera cuenta como un matrimonio tiene que cuidar a su nieta mientras su madre aprovecha una nueva oportunidad que le brinda el amor.
Reencuentro narra la oportunidad de un padre de reencontrarse con la hija que no ve desde que su divorcio, ocurrido años atrás.
En La vida de mi hermano, un hombre visita a su hermano de 68 años, que vive solo y sigue trabajando en lugar de irse a vivir con su hijo.
El paraguas cuenta como una mujer espera la visita de su hermano y recuerda lo dura que fue su infancia.
Los alrededores del museo relata  la tierna historia de una anciana que se enamora de un hombre con el que charla todas las tardes en el banco de un parque.
Atravesando el bosque describe cómo dos hermanos se aventuran a cruzar un bosque para encontrar a su perra.
Finalmente, en Su pueblo natal  se nos da a conocer cómo una pintora francesa casada con un japonés trata de sobreponerse a la muerte de su marido integrándose en la sociedad japonesa.

Todas las historias muestran el esfuerzo de ambos autores por exponernos de una forma sencilla y lírica la más perturbadora de las aventuras: la vida humana.

La estética
Gráficamente, el trabajo del mangaka sigue en la misma línea que sus obras precedentes. Con un trazo limpio y detallista, el realismo de las ilustraciones en  blanco, negro y gris nos muestra la fidelidad de Taniguchi al barrio japonés tradicional, huyendo quizá del ruido gráfico de una ciudad tan cosmopolita como Tokio.
Precisamente por su trazo tan delicado se puede pensar que las figuras de Taniguchi, especialmente los rostros, no son demasiado expresivos, porque no muestra como otros ilustradores del género todo el espectro de gestos del semblante humano. Pero este artista se hace con otros valores que suplen con creces (bajo mi humilde punto de vista) esta falta de definición. Así pues, si bien el dibujo de las facciones es sencillo, es en las acciones de los personajes – cuando piensan, se quedan en silencio o miran al vacío- donde su obra apela a nuestra sensibilidad.
Taniguchi nos permite hacer de voyeurs en las historias no sólo por la lectura, sino por la oportunidad de ver cómo se acercan las manos de una niña a las manos ajadas de los abuelos, y de ser partícipes de ese momento de proximidad gracias a la tinta y  no al ausente texto.

La esencia
Es un placer finalizar cada historia . El drama humano y la cercanía de las narraciones  no me han dejado indiferente. Y es que aunque Taniguchi no adoctrina, las  lecciones de vida implícitas en sus obras aconsejan cómo aprovechar cada momento.
Así que lejos de torturarme con los problemas ajenos, lo que me ha proporcionado ha sido una sensación de paz absoluta, y he finalizado el día pensando que, de alguna forma u otra, lo que he hecho a lo largo de la jornada ha merecido la pena y me ha enriquecido como persona. Y en que mañana, el sauce todavía sin brotes que hay  bajo mi ventana, me lo recordará.

                                   Fátima Elías, bibliotecaria.
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