Ya es la cuarta vez que el Capitán América muere.
Y es que las cubiertas de un cómic son como las manillas de un ataúd: sirven para abrir y para cerrar, mientras escuchamos el agudo lamento del gozne de las bisagras que lloran a los héroes caídos. Mas hoy, los ataúdes no suelen llevar bisagras, sino clavos que se hunden en lo profundo de la madera a golpe de martillo que duele en el corazón.  Por eso temo que la Marvel lo encierre para siempre bajo esta portada sangrienta. Y los súper héroes no pueden morir, no quiero, ellos NO DEBEN morir, son uno de los pilares que sustentan la infancia y las ilusiones de muchas personas.
¿Qué ha sucedido en el universo de papel para que me encuentre tan conmocionada? Pues que Steve Rogers, el Capitan América, ha sido asesinado en el último número de Civil War de Marvel. Un francotirador ha acabado con su vida cuando se había negado a firmar la ley por la que los héroes revelarían su identidad al mundo después de los incidentes del 11-S, grupo que lideraba Iron Man contra los que se oponían, liderados por el Capitán.
Paralelamente, en el del mundo real, las tropas americanas continúan matando y muriendo en un conflicto afirmado en las malas lecturas de la peor inteligencia. La agencia de seguridad nacional escucha detrás de las puertas las llamadas telefónicas y los mails que esconden palabras de libertad, que ya no significa lo mismo para el pueblo que para el gobierno. Y los presos en Guantánamo aúllan dolor en su quinto año de detención indefinida.
Tras esta reflexión me pregunto: ¿Dónde están los héroes? ¿Qué será de América? Y tú, Steve Rogers, ¿hacia dónde vas? Sólo me resta decirte:
Oh, Capitán, mi Capitán.
 
Fátima Elías, bibliotecaria en duelo
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