Verano de 1967. Kenichi, un niño de 11 años, y su hermana menor, Sakiko, pasarán ese estío con sus abuelos en Tottori, una ciudad de origen medieval construída en torno a un castillo que se alzaba en la cima de una montaña. Pero esto no les produce deleite ya que su madre está gravemente enferma y debe de ser  hospitalizada en Osaka.  El verano no es felicidad porque, pese a su corta edad, Kenichi está abrumado por los recuerdos de un pasado mejor, un tiempo en el que su padre aún estaba vivo y su madre sana. Así que el protagonista deja transcurrir las horas vagabundeando por las misteriosas ruinas del castillo, sobre las que pesan todo tipo de leyendas.

La historia incrusta de forma cristalina recuerdos de la infancia y la naturaleza como nos tiene felizmente acostumbrados Jiro Taniguchi. Pero en este caso y como bien anuncia el título, la acción se desarrolla lejos de la racionalidad de “Seton el naturalista viajero” o “El viajero de la tundra”, por poner un par de ejemplos.

Y es que a medida que vamos despojando el envoltorio del argumento casi esperamos encontrarnos con el delicioso Totoro, o quizá con Ponyo, protagonistas de las películas homónimas de Miyazaki (nota para puristas: omitiendo que sean “vecinos en acantilados sobre el mar”). Sin embargo el mononoke –espíritu del bosque- de Totoro es sustituido por una salamandra gigante que, como explica el autor en la entrevista que clausura el manga, es el animal mitológico por excelencia en Tottori.

Pero no sólo es este aspecto mágico el que comparte con el maestro Miyazaki ya que este mural también se compone de la exaltación de la niñez, la emotividad generada por los lazos familiares, la incomprensión del mundo adulto por parte de los niños, el temor hacia la pérdida que supone la muerte, el respeto por el medio ambiente, el valor de  la naturaleza y su interacción con los humanos.

El artífice ofrece una hermosa y colorista historia. En una delicada sinestesia la fragante naturaleza puede percibirse a través de la frescura de los colores y cada viñeta se transforma en una postal que nos remite a un pasado que si bien carece de antigüedad sí es lo suficientemente remoto como para que adquiera tintes de tiempo precioso.

Jiro Taniguchi nos arrastra hacia la vorágine de un cuento que difumina los límites entre lo real y lo fantástico, que agradará tanto a quimeristas como a estetas.

Fátima Elías


[Blog] Jiro Taniguchi y otros cómics y emociones

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