ATENCIÓN: Esta reseña contiene spoilers, divagaciones y alguna que otra lágrima.

V de Vendetta es una historia con mayúsculas. Una obra que no solo transgrede todos los géneros narrativos, sino que transfigura a su antojo todas las artes. Es un poema, una tema de rock, una obra arquitectónica, una escultura grecolatina, una película… pero ante todo y además de un tebeazo, es una obra de teatro.

Una obra de teatro de títeres en donde todos los personajes son manipulados por el mismo titiritero, V. Un maestro de los hilos que, tras superar la guerra en la que fue prisionero, sobrevive gracias a ese pensamiento que anhelamos tanto como nos asusta; ser libres.

A partir de ese ideal, V entreteje una compleja trama para derrocar al régimen que se aprovechó del miedo para instaurar el totalitarismo, aún a sabiendas de que nunca verá el final de su obra. De este modo, se convierte en un terrorista armado, con palabras y con bombas, que utiliza los puntos fuertes de su enemigo en su propio beneficio. Consiguiendo, de esta manera, instaurar el caos como método de sublevación para reestablecer un nuevo orden con el que los británicos paliarán sus problemas sociales; la capacidad de pensar por si mismos y de llevar a cabo su propia revolución individual.

Pero no nos quedemos solo ahí. Ya que, además de poder admirar una obra cuya profundidad política erige, sin tapujos, al anarquismo como verdadero estandarte de un mundo sumido por el control de masas; tenemos ante nosotros el verdadero referente iconográfico de los cómics de nuestra generación. Y no solo por las repercusiones que han ido más allá del propio tebeo, sino porque tanto sus ilustraciones como su ambientación han marcado el principio de una era. La de los cómics adultos.

Una era en la que la utilización de una gama de colores oscura, siniestra y fría, además de entrelazar a la perfección con el tono sombrío de la historia, desvía a un segundo plano los colores vivos y planos utilizados hasta entonces. Una era en la que las viñetas de corte sucio y repletas de información, además de reflejar el secretismo de la ciudad en donde transcurre la trama, exhortan la posibilidad de volver al simplismo. Una era en donde el trazo roto, desquebrajado y opresor, además de entroncar con la manera de vivir de los personajes, redefine los parámetros de nuestras ideas preconcebidas. Aún a sabiendas de que nuestras ideas son…

“¿Quería matarme?. Bajo esta capa no queda carne ni sangre que se pueda matar. Tan solo una idea. Y las ideas son a prueba de balas”.

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