La tetería del oso malayoNo podíamos terminar la primera andanza del Club de Lectura de Cómics sin saborear alguno de los tebeos creados a este lado del atlántico. La elección era dura pero el espartano gallego, David Rubín, se erigió, como los personajes de sus novelas gráficas, en el ganador de tan agridulce regalo. Un arma de doble filo que no dudaremos en empuñar a las 19:30 contra su persona. Ya que en nuestro encuentro de hoy, desentrañaremos las ocho historias que conforman “La Tetería del Oso Malayo” con el propio Rubín como maestro de ceremonias.

Y que decir de este cómic que no se haya dicho ya… un tebeo que se ha convertido con el paso del tiempo en una lectura obligada, ya no sólo para los amantes del cómic, sino para cualquier persona en general. Nominada, allá por el 2007, en las cuatro categorías más importantes del Saló de Cómic de Barcelona (autor revelación, mejor guión, mejor dibujo y mejor obra) la fuerza de su trazo y la poesía de su guión no han perdido un ápice de frescura.

Frescura que tampoco pierde, en posteriores lecturas, el personaje cuya tetería actúa de hilo conductor de todas las historias, Sigfrido. Un Freud postmoderno que a golpe de bebidas espirituosas alimenta la esperanza de las personas que visitan su “consultorio psicoanímico camuflado”. Un personaje cuyo pasado ha determinado su ahora y a través del cual (con permiso del propio Rubín que nos invita personal y cómplicemente, tanto en el prólogo como en el epílogo, a formar parte de su imaginerio popular) conocemos el modo de redimir los demonios que habitan en lo más profundo de nuestra vanidad.

Aire, para las llamas que empujan a Antón a quitarse la vida para reunirse con las personas a las que les quitó la suya. Amor, para el mal que provocó la lesión de un superhéroe que se vió obligado a abandonar lo único que lo mantenía cuerdo, su profesión. Lejanía, para el tormento de la historia de quién escucha historias detrás de la barra; que tuvo que recorrer medio mundo para encontrarse y reconciliarse consigo mismo. Color gris, como el que nunca queremos ver, para la historia en blanco y negro de Adam y Bruce. Recuerdo, para la desesperación de acatar unas órdenes que, a pesar de acabar con la vida de todo un ejército, salvarán la tuya. Chalecos antibalas, para la ira contra un espartano demasiado humano como para faltar a su palabra. Tierra de por medio, para el silencio que inunda la vida de un hombre tan sensible como las semillas que tanto añora. Esperanza, para el temor de Edgardo Mediohombre a que Supermán hubiera saltado aquel día desde la azotea y nadie creyese en él.

Y todo esto porque en la tetería del oso malayo las historias saben a melancolía, fragilidad, soledad, confusión, desamor y cotidianidad. Porque nadie puede escaparse de eso a lo que tanto tememos y a la vez nos aferramos con tanta fuerza…

Nuestra Vida.

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