Combates cotidianos IntegralUna de las obras que me hizo amar, aún más, el mundo de los cómics fue, precisamente, “Los combates cotidianos”. De hecho, recuerdo perfectamente el día que me compré el primer número, hace ya unos 9 o 10 años.

Embarcado en la tragedia que se conforma cuando los pequeños desajustes que te convierten en persona hacen también que creas que tu vida es insoportable, una especie de presagio me obligó a pasar por mi tienda de cómics favorita. Allí, con el cerebro frito por mi propia crisis existencial, la vista se me fue, sin buscar nada en concreto, hacia una portada marrón en cuya cabecera resonaba el eco de mi propia angustia. – “Los Combates Cotidianos”, joder, que nombre tan bueno – pensé. Cómo un niño que recibe el regalo de reyes que llevaba un año queriendo conseguir, empecé a hojear/ojear y después leer el libro hasta que me descubrí, luego de un largo rato, con la palabras que presagiaban el final del primer tomo; “Todo es mejor contigo que sin ti”.

Y eso fue lo que pasó, desde aquel día descubrí que todo es mejor si no te engañas a ti mismo, si vives la vida que de verdad quieres vivir, si eres lo suficientemente valiente como para conocerte y analizar lo que te pasa, si no das por perdidos esos combates cotidianos que llenan tu día a día de des-esperanza… Todo es mejor contigo mismo que sin ti.

Y es por ello, porque parte de mi historia concuerda con la historia de Manu Larcenet (disfrazado para la ocasión con la piel de su personaje, Marco), por lo que no he podido enfrentarme a una segunda lectura de manera objetiva. Y es que precisamente la sencillez con la que transcurren las situaciones, la fluidez de las conversaciones, el tono humorístico de algunas viñetas y el empecinamiento de Marco por anclarse en el pasado para no avanzar, es lo que hace que, más que leer un cómic, estés viviendo tu vida a su lado. Charlando con ese amigo del que conoces sus secretos más turbios y sus mayores logros.

Pero amigos, no os dejéis llevar sólo por la cotidiania que envuelve toda la obra. Si miráis con detenimiento os iréis dando cuenta, a medida que avanza la historia, que su verdadera intención se encuentra en los más mínimos detalles. Y no es hasta que tienes todas las piezas encima de la mesa cuando puedes empezar a componer el puzzle. Así, la historia reciente de su país, Francia, se erige como el personaje subyacente necesario para que todo cobre sentido. Convirtiendo el tono costumbrista en una audaz crítica social a la política de extrema derecha llevada a cabo por Le Pen y haciendo a su vez, que el personaje evolucione de manera apasionante, cruel, hipócrita y tremendamente real.

Por si esto fuera poco, el bueno de Larcenet nos engancha desde la primera página con unas ilustraciones caricaturescas de linea fina que además de suavizar los caracteres de los personajes son capaces de mostrarnos toda su humanidad. Con este tipo de ilustración, imperante en toda la obra, comparten protagonismo dos contrapuntos gráficos que dotan de más sentido la idiosincrasia del personaje. El primero, cambiando hacia un registro de corte realista en donde predomina el sepia, que se corresponde con el trabajo como fotógrafo del personaje y la reflexión de sus vivencias. Y el segundo, con predominio del rojo y el negro que reproduce su angustia frente a los ataques de ansiedad.

Un juego de colores hábilmente utilizado para conformar un complejo personaje para el que, a pesar de lo que dice el viejo Gilbert, la retirada no forma parte del combate.

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