Píldoras azules

Todos tenemos un cómic fetiche. Ese cómic que releemos sin cansarnos, una y otra vez, cuando nos sentimos tristes, contentos, enérgicos, aburridos, soñadores, cansados… Ese cómic al que acudimos como un talismán con poderes sobrenaturales y que es capaz de sanarnos/protegernos, mientras dura su lectura (y muchas veces más allá), de cualquier mal que nos asole. Ese que se ha convertido, sin quererlo, en el mejor regalo que podemos hacerle a esa/s persona/s que consideramos tan especial/es. Ese que nos renueva, nos da fuerza y nos obliga a seguir adelante con una sonrisa en los labios y un peso menos sobre los hombros.

Durante muchos años, Píldoras azules, ha sido ese cómic. Un amor a primera vista, como el de los personajes del propio tebeo (Frederik y Cat), que cayó en mis redes sólo con cruzarnos las miradas. Una obra que, sin si quiera llegar a imaginar lo que escondía en su interior, pasó a tener un sitio privilegiado en mi colección particular. Pero, como pasa con todos los amores coleccionados a primera vista, una vez cumplido el capricho y satisfecho el deseo, perdió todo su interés. Pasó largo tiempo en la estantería antes de que mis ojos se volvieran a posar en sus formas perfectas; y es que, simplemente, no era su momento. No estaba preparado para su lectura. No era lo suficientemente valiente como para enfrentarme a esas 200 páginas que me enseñarían a lidiar con mis propios monstruos.

Por suerte, el paso del tiempo, gran amigo de las causas perdidas y espantador de miedos y penas, finalizó su trabajo y, una trampa amorosa creada por mi mismo, reavivó el deseo. El destino había apostado fuerte por ambos y estábamos solos en la misma habitación cuando la gota de sudor frío que recorrió mi espalda, después de leer la primera página, se convirtió en la antesala del alivio que supone ver parte de tu vida reflejada en otro. Alivio de sentirse comprendido y un poco menos solo en esa otra gran trampa que llaman sociedad. A partir de ahí, con el corazón en un puño y lágrimas en los ojos, un nuevo deseo resurgió de mi interior; el deseo de vivir. Porque después de leer esta obra te sentirás obligado a no dejarte llevar por esa vida insulsa y cómoda que convierte tus pequeñas frustaciones en grandes males.

Pocas obras he leído, hasta ahora, que me lleguen a remover y conmover tanto como lo ha hecho esta. Muy pocas con esta actitud tan descaradamente abierta que podemos ver a través de un escritor/ilustrador; que comparte su vida y se desnuda ante nosotros, para que de alguna manera, podamos reconocernos en él. Y no he leído ninguna en la que juntando estos dos ingredientes, no aparezca un tercero, la sensiblería. Bueno, si que he leído una, Píldoras azules.

Y es que Peeters no quiere dar ejemplo, sólo busca preguntas y respuestas, sólo quiere vivir al margen de esa enfermedad, el VIH, que irrumpe en sus momentos más íntimos. Nos explica su historia desde dentro, desde la intimidad de su conciencia, desde la fragilidad de sus personajes. Haciéndonos partícipes de un ejercicio terapéutico que se antoja difícil y del que iremos siendo testigos, poco a poco, de la problemática que conlleva. Así, cosas “a priori” sencillas como: vivir en pareja, relaciones familiares y de amistad, relación sentimental, hijos, etc. se convierten en una búsqueda constante de aprobación de un tercero mientras la culpa y el miedo, la inquietud y la reflexión, asolan el sentimiento primigenio que envuelve a los protagonistas, el amor.

Un amor por veces roto, otras veces de líneas finas, pero siempre con los ojos desmesuradamente grandes. Un amor de trazos vivos que hacen que las secuencias cotidianas realizadas por Peeters sean la verdadera clave del poder empático de la obra. Sin su planificación dinámica de la página, el poder de la verosimilitud de las conversaciones quedaría reducido a la simplicidad. Sin embargo, la selección de planos y alternancia de perspectivas transmiten la energía y expresividad necesaria para consolidar, junto con la inserción de determinados pasajes oníricos/metafóricos, la idiosincrasia del tebeo. Convirtiéndose de esta manera, en el enorme rinoceronte blanco que te encuentras a cada vuelta de esquina. Enamorándote en cada página como lo ha hecho conmigo.

Y aunque ahora otra persona ocupa el puesto de gran amor de mi vida, – un puesto sin pedestal y aparentemente sin gloria -, esta obra sigue en mi memoria, recordándome que aunque la vida no sea para nada sencilla el amor si debería serlo.

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