Tintin en el congoAún a sabiendas de que voy a recibir pitos y abucheos tengo que confesarme: Es la primera vez que leo un tebeo de Tintín. Durante años, han pasado miles de veces por mis manos cada una de sus aventuras sin que me suscitasen la más mínima curiosidad. Alguna que otra vez hice ademán de llevarme alguna a casa pero siempre encontré una “buena” excusa para no hacerlo. Y es que, aún a sabiendas de que no se puede entender el cómic europeo sin Tintín, que sus fans se expanden por lo alto y ancho del mundo entero y que gran parte de la historieta Franco-Belga toma las historias de Hergé como referencia para crear sus cómics, siempre me ha echado para atrás esa linea fina de trazo hiperrealista con la que se distinguen sus obras. Sé, a ciencia cierta, que no es la mejor de las excusas, pero muchas veces, como pasa también con este tebeo, hay una linea muy fina que separa lo racional de lo razonable. Aún así, tras la insistencia de varios grupos de amigos y la enorme película de Steven Spielberg “Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio” decidimos, de manera irracional, incorporar una de sus aventuras a nuestro club.

Y digo irracional porque han sido el desconocimiento, el azar y la necesidad lo que nos han llevado hasta sus páginas. El presupuesto limitado del club, la apuesta por rescatar del olvido viejas joyas, la controversia suscitada por el cómic y el aceptable número de ellos que tenemos disponibles en las bibliotecas, hizo que nos decantáramos a su lectura. Iniciamos esta pensando que sería una de esas obras resultonas, que devoras con una sonrisa en los labios y que olvidas una vez cerradas sus páginas, pero se convirtió en todo lo contrario: Una obra pueril y aburrida difícil de olvidar.

Se nota que es una de las primeras obras de un autor que intentaba abrirse un hueco en el mundo de los cómics; con una trama basada en sketches (que presupongo vienen condicionados por su propia publicación en formato de fascículos), clichés (que provienen por una parte de un encargo editorial y por otra de los prejuicios del ambiente burgués de aquella época)  y con una linea argumental poco trabajada y algo caótica. Sin embargo hay algo subyacente que llama la atención: El tándem Tintín – Milú. Sin saber muy bien que pasa a nivel inconsciente en nuestro cerebro, sentimos una cierta proximidad y atracción hacia ellos. Enganchan a la primera por su sencillez y por la resolución ingeniosa de sus conflictos. Y, sin haber profundizado si quiera en su vida personal y/o conflictos internos, nos encontramos con lo más importante: queda patente desde la primera página que la obra va a ir a más, madurando en cada tomo, siendo el principio del túnel que nos dejará ver más adelante la luz.

Una luz que buscaré, seguro, en otra de sus aventuras. Porque he de decir que, a pesar de sus limitaciones, tengo ganas de más. Más pecados de juventud que, como este, hayan marcado la hegemonía del cómic franco-belga desde principios de s. XX. Más pecados de juventud que me ayuden a entender que hablar de Tintín es comprender el pensamiento de una época y aprender de historia de la historieta.

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