blankets001Una pequeña parte de mi infancia y gran parte de mi adolescencia están escondidas, a simple vista, en un pequeño cajón de una pequeña mesilla que se encuentra en casa de mi familia. Allí, gran parte de mis pocos logros y todos mis grandes fracasos comparten espacio para recordarme, cada vez menos a menudo, como se ha forjado el “yo” que soy ahora. En ese sinfín de objetos sinsentido para ojos ajenos se encuentran mis tesoros más preciados. Tesoros compuestos por hojas viejas, entradas de conciertos (muchas entradas de conciertos), notas, billetes de tren, recortes de periódico… sin los cuales, estoy seguro de que no sería quién soy ahora. Y es que son, precisamente, esas muestras de amor en forma de goma del pelo, esas cartas sin destinatario exhortadoras de miedos y temores, esas chapas de cerveza que reviven tu mejor verano, esa pequeña cajita que guarda lo que nunca fue… las que me han enseñado todo lo que sé sobre la vida. Mucho más que todos esos libros/películas/cuadros/cómics que parecían destinados a hacerlo.

Pensad en vosotros mismos y en el legado que han dejado en vuestros corazones esos amores y amigxs que alguna vez han estado y que ya no están. Pensad en la “satisfacción que produce dejar una marca en una superficie en blanco. El dibujar un mapa de vuestros movimientos sin importar que sea para siempre” y fantasead con todas esas tardes, que por una cosa u otra, están grabadas a fuego en lo más profundo de vuestro subconsciente. A partir de ahí, os daréis cuenta de que somos esa gente que ha viajado con nosotros a través de ese enorme sendero lleno de claroscuros que llamamos vida. Somos esas personas que, independientemente de que se hayan apeado varias paradas antes, hayan subido y bajado varias veces o recorran con nosotros el camino hasta el final, han dejado gran parte su yo en nosotros. Somos esas personas con las que hemos compartido todos nuestros recuerdos, aunque desgraciadamente, no todos sean buenos.

No todos son buenos pero todos son igual de importantes. Y, como si pudiera ver a través de cada uno ellos, como si pudiera recomponer nuestros remendados corazones, Craig Thompson nos desvela y nos devuelve parte de nuestra vida a través de la suya propia. Abre el cajón de su infancia y adolescencia en un pequeño pueblo de Wisconsin, para mostrarnos, sin tapujos, los recuerdos que han forjado su persona. Unos recuerdos marcados por una estricta educación cristiana que borda la castración y que interfiere en todos los aspectos de su vida cotidiana. Unos recuerdos ensombrecidos por esa carga que no le pertenece, que le provoca inseguridad y que, a su vez, lo diferencia y aleja de los demás. Unos recuerdos que parecen ver la luz cuando se encuentra con la persona que, para bien o para mal, cambiará su vida para siempre, Raina. La mujer a la que dedica, para goce nuestro, este bellísimo e intenso testimonio de amor, lleno de sensibilidad. Un tebeo que nos hace rememorar la delicia de enamorarse, de nuevo, por primera vez. Vivirlo todo por primera vez. El primer roce, las primeras miradas, los primeros besos, las primeras caricias, la inmensa alegría de verse comprendido en el otro, la inocencia, la dificultad con las que fluyen las primeras palabras… todo, incluso la amarga sensación del primer desengaño, está tratado con tal elegancia y sencillez que no puedes pasar las páginas sin que una lágrima de nostalgia recorra tus mejillas.

Pero la historia no acaba aquí, nos encontramos también ante un retrato de la Ámerica más profunda. Un relato representado por dos familias, muy parecidas en el fondo pero cada una desestructurada a su forma, que condicionan la vida de dos muchachos. Demasiado jóvenes para soportar la carga que conlleva hacerse adultos antes de tiempo acaban descubriéndose como la antítesis del otro en una relación que está, desde el principio, abocada al fracaso. Dos familias, dos muchachos y dos ciudades que gracias a los lápices de Thompson adquieren el título de obra atemporal.

Porque, gran parte del éxito de esta historia que, aunque preciosa, no suena a nuevo y está muy manida, radica en sus ilustraciones. Ese juego de luces y sombras con el blanco y negro puro, la disposición de página y el caos ordenado en su planificación, hacen que las secuencias se vuelvan hipnóticas, atrapándote desde el principio en un juego de autoidentificación extrasensorial. Con esos pequeños elementos mágicos que son capaces de convertir las escenas más mundanas en los pasajes más oníricos. Retroalimentando el texto a través de personajes enrollados entre espirales, con pseudo-recuerdos distorsionados que se mueven entre la realidad y la ficción, con viñetas a página entera que se muestran reveladoras, con vivencias veladas, exentas de texto, que atraviesan la frialdad de una sociedad que, como el invierno de Wisconsin, se antoja fría y sin alma. Una sociedad que se pasea entre el devenir antagónico de dos ciudades, una pequeña y gris y otra grande y llena de color, para acompañar, de manera cruel, la vida de estos dos muchachos unidos por el azar. Unidos por el amor.

Y a todxs vosotrxs que, ya sea por azar o simplemente por insistencia, hacéis esta ciudad menos fría gracias a vuestro apoyo; que me habéis acompañado durante este pequeño trayecto llamado reseña: Gracias, de todo corazón.

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