luthorBajo nuestro traje de comportamiento social, todxs escondemos al menos una profunda herida que todavía no ha cicatrizado. Sin que nos demos cuenta e independientemente de cual sea su procedencia, ésta se aferra tan fuertemente a nuestro yo que muchas veces nos cuesta distinguir qué parte poseemos de herida y qué parte conservamos de nosotrxs mismxs. Así, sin saber donde termina nuestro dolor y comienza nuestra consciencia, salimos desprotegidxs al mundo y allí improvisamos, erramos, ganamos, ensayamos, compartimos, fracasamos… con el fin de erradicar nuestra herida por completo. Lo que no sabemos es que, a pesar de que la herida cambie, seguirá estando ahí. Para muchxs estará presente durante toda su existencia, a otrxs se les aparecerá sólo en momentos puntuales, para algunos ahora es más ancha, más estrecha o se ha mantenido siempre igual. Puede que el tiempo la haya hecho más profunda o más superficial, más o menos dolorosa, más o menos importante. Sí, nuestra herida sigue estando ahí, pero ha cambiado; y la buena noticia es que hemos sido los responsables de ese cambio. Por eso tenemos el deber para con nosotros mismos de localizarla, darle forma, llorarla (si tenemos que hacerlo) y enfrentarnos a ella, conscientemente y con la cabeza bien alta, con el fin de no convertir en herida todo nuestro ser. Ya que, para bien o para mal, nos convertiremos en aquello con lo que la alimentemos.

Durante años, Lex Luthor ha tenido una herida imposible de sanar. Una herida que ha alimentado con egoísmo, ira, desesperación, egolatría, intelecto, dinero y poder. Una herida que se ha enraizado en su ser, a través de la obsesión, y que ha sido alimentada por su propia inseguridad. Una herida con nombre propio, Superman. La antítesis de Lex y su gran enemigo a batir, no es más que la cima de la ambición de un hombre que se siente amenazado. El control de su amada ciudad, Metrópolis, pasa por vencer a Kal-El y Luthor, sabiéndose inferior físicamente a él, utiliza su privilegiada mente para elaborar un complejo plan con el que acabar él. Pero, no puede acabar simplemente con el superhéroe deberá eliminar también al mito. Para ello, no duda en renunciar a todo (sus sueños, su dinero, su prestigio, su amor…) con tal de alcanzar su mayor objetivo: Matar a Superman para erigirse como el verdadero salvador del planeta.

Y es que a ojos de Luthor, nuestro planeta va a la deriva ya que la presencia de Superman ha privado a la humanidad de su capacidad de superación. Tras la llegada del alienígena, el grueso de la población se ha dedicado a crecer en el camino de la conformidad. Sabiendo que no van a superar jamás lo que el término Superhombre lleva implícito, se convierten en mediocres espectadorxs de sus propias vidas. En parásitos de una sociedad estancada que idolatra a un “no humano” capaz de destruirlxs con una simple mirada. Un ser cuyos poderes son tan grandes que nos vuelven insignificantes. Un extraterrestre que, para Lex, representa el mismísimo mal y sin el cual su ciudad volvería a tener el esplendor que había perdido. Un héroe a deconstruir para reconstruir la humanidad.

Como si no tuvieramos suficiente con lo que Azzarello y Bermejo nos ofrecen a través de este hábil juego narrativo, una pregunta subyace a través de esta, magnífica y plausible, inversión de roles: ¿Luthor se ha forjado a si mismo, o ha sido Superman el que lo ha creado?. Esta vuelta de tuerca a un villano que, aunque temible, nunca tuvo un leit-motiv claro, hace que comprendamos más su razón de ser y que a la vez podamos sentir cierta simpatía por su causa. A partir de esta premisa, y a través de un guión atípico, complejo y raro (aunque a la vez con muchas similitudes con, por ej., Watchmen, Arkham Asylum o incluso con la historia de David y Goliat), comprendemos la profundidad y complejidad de un Luthor que lucha por erradicar su verdadero temor, el propio miedo. Un miedo inmerso dentro de una sociedad que sólo se mueve por miedo. Un miedo que es más fácil de combatir si se le pone rostro. Un miedo que alcanza su culmen en un Superman frío, distante, oscuro y con unos ojos de un rojo tan brillante como la herida que nos acompaña donde quiera que vayamos.

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