contrato con diosLas palabras no fluyen de la manera habitual cuando, a través de una página en blanco, te tienes que enfrentar a una obra de tal envergadura. Las manos no te responden, la mente te proporciona información contradictoria y un gran vacío ocupa el espacio que se interpone entre tu cuerpo y la pantalla del ordenador. Al cabo de un rato, después de forzarte a volver en ti, te preguntas: ¿Qué se puede decir del cómic que ha marcado el antes y el después del noveno arte?, ¿Como expresar con palabras lo que sientes al leer, por primera vez, la primera novela gráfica de la historia?.

Como si se pudiese definir la mezcla entre satisfacción y melancolía que se siente al pasar la última página y cerrar el libro, he pasado horas intentando encontrar palabras que le hagan justicia y después de mucho buscar no las he encontrado. No es para menos ya que “Contrato con Dios” no es un cómic en si, sino que el cómic, tal y como lo conocemos ahora, es “Contrato con Dios”. Cada una de sus ilustraciones, cada temática, cada juego narrativo, cada giro de guión… está tan presente en las BD´s actuales que cuesta creer en la revolución que supuso para la industria hace apenas 40 años. Una revolución condenada al ostracismo editorial durante largo tiempo, a pesar de ser concebida por un autor de prestigio con más de 30 años de profesión. Y es que, la que hoy por hoy está considerada como la mejor obra de Eisner, se antojaba demasiado innovadora, arriesgada y rompedora para la época. Un punto de inflexión gráfico y textual cuya temática, nada amable por cierto, abría las puertas a un nuevo concepto, el de los cómics autobiográficos.

Cómic autobiográfico en el que Eisner no aparece retratado en ningún lado. Simplemente subyace a través de multitud de personajes, todos ellos judíos, que, sin aparente similitud entre ellos, funcionan como pseudoprotagonistas del verdadero hilo conductor de la obra, la avenida de Dropsie. El “alter ego” del barrio de Brooklyn en el que creció el autor y donde forjó su carácter. Un lugar en el que aprendemos que somos parte de aquellos con los que nos cruzamos y del que el autor se sirve para realizar un retrato exhaustivo de la historia reciente de Ámerica. Un historia adulta, pesimista, dramática y cruel, a través de sus ojos, que desgrana, sin tapujos, sus vivencias en el mundo de la pillería de principios de siglo XX, la ley seca, el crack del 29 y sobre todo las envidias, miedos, mentiras y brutalidad de una sociedad establecida en clases y reestructurada en guetos.

Pero esto no acaba aquí, la gran maestría y el valor de este cómic viene precisamente de esa multipersonalidad que el autor refleja en cada uno de sus protagonistas y que actúa a la vez como proceso de identificación y desidentificación personal. Un hábil juego narrativo-sensorial que tiene como finalidad encontrar a los diferentes yos que se encuentran en uno mismo y aportar color al monocromatismo maniqueísta imperante en los cómics de la época. Esta escala de grises figurada se convierte en un blanco y sepia literal en donde las composiciones de página, que a menudo se resuelven en una sola viñeta, son tan novedosas, rompedoras y acordes al texto que aportan un gran dinamismo a la historia además de enriquecerla. A todo ello hay que sumar unas ilustraciones con una técnica perfecta, un gran dominio de la perspectiva, de los planos, de la fisionomía… que moviéndose entre la realidad y la teatralidad conforman el esperpento de vivir en la cima de la civilización. De vivir conforme a un “Contrato con Dios”.

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