Garaje hermeticoCuando exploras en lo más profundo de tu mente y dejas escapar a todos los demonios que corroen tu ser es probable que no te guste lo que encuentres. Tus miedos, tus obsesiones, tus manías, tus fobias… aparecen ante ti, sin ningún tipo de disfraz, para recordarte como es realmente la persona que se esconde tras tu personaje. Así, sin saber cómo, un alter ego con forma de “ello” freudiano comienza a apoderarse de ti y te ayuda a redibujar el mundo.

Durante años hemos pensado que Jean Giraud era el alter ego de Moebius, pero ¿que pasaría si, en realidad, fuese al revés?, Si Giraud fuera el personaje escondido tras su verdadero yo, si Moebius estuviera esperando pacientemente el momento de tomar su lugar hasta ocuparlo por completo. Si nos paramos a analizar la obra de este genio con “doble personalidad” descubrimos que: cuando es Giraud el que firma, las ilustraciones se antojan excesivamente correctas, con muy pocos matices sutiles, con una definición perfecta pero dejando, a la vez, que el texto ocupe un protagonismo innecesario. Sin embargo, bajo los lápices de Moebius todo cambia, ahora el juego consiste en explorar los límites del tebeo, en sacarle todo el jugo a las imágenes, en dejar volar la imaginación y ver hacia donde te lleva esa especie de “escritura automática surrealista” aplicada a la ilustración. Un vale tudo, basado en la experimentación y la eliminación de barreras visuales, con el que se crea un imaginerio que bebe directamente del subconsciente. Una ida de olla magistral.

Magistral es el único apodo que se me ocurre para definir El Garaje Hermético; aunque una auténtica ida de olla tampoco estaría mal. Magistral porque, alejada de los cánones establecidos por su obra más conocida, El Teniente Blueberry, y el posterior proceso de castración ilustrativa ejercida por la misma, se ha convertido con el tiempo, en una de las más importantes del cómic Europeo. Así, el Mr. Hyde de los tebeos, comenzaba su andadura con dos páginas en las que un ingeniero que no conocemos, Barnier, destruía una preciosa nave cablera (que vete tú a saber que es), con el riesgo de provocar la ira de un tal Jerry Cornelius, que presuponemos que es alguien. Cuatro viñetas que te dejan sin argumentos, en las que todo encaja y a la vez nada tiene sentido, en las que el lenguaje no verbal está por encima de las inexplicables palabras que aporta el texto. Dos páginas, con tal detallismo gráfico y dominio del blanco y negro puro, que dan ganas de más.

¿Que pasó después de estas dos páginas?. Pues que pasó de ser un cómic que no pretendía tener continuidad a una serie mensual para Metal Hurtland. Convirtiéndose en una historia que a pesar de: carecer por competo de guión, no tener un plan definido, mostrar continuamente detalles y subtramas nuevas sin ningún tipo de sentido o propósito, que no se articula alrededor de grandes momentos dramáticos sino de pequeños momentos… está narrada a través de unas viñetas únicas que le proporcionan una riqueza visual impactante, muy diferente a todo lo que se había hecho hasta el momento. Desmitificando, de esta manera, el valor del texto y proporcionando a su aporte gráfico el verdadero poder del cómic. Redefiniendo el guión del cómic para obligar al lector a hacer una no lectura al uso, para que nos perdamos entre sus páginas, admirando cada una de las ilustraciones como si fueran una historia en si misma, deleitándonos con la resolución de las escenas, con los planos, con los detalles, con las expresiones, con la imaginación sin fin del autor… explorando en lo más profundo de nuestra mente para dejar escapar a todos los demonios que corroen nuestro ser para encontrar el verdadero Moebius que habita en vosotros.

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