Club de lectura de cómics

Estábamos bastante escépticos ante como se tomarían la lectura de “El Garaje Hermético” los miembros de nuestro club. Sabíamos que era una obra arriesgada, rompedora y muy alejada de lo que habíamos comentado hasta el momento, pero también contábamos con que no se puede entender el amplio panorama que conforma el cómic europeo sin revisar la obra de Moebius. Por ello, aunque con cierta desconfianza, decidimos arriesgarnos.

Y por suerte nos salió bien, a pesar de anteponernos a una, presumible, lluvia de críticas pudimos relajarnos y disfrutar por completo de la sesión cuando observamos que el cómic había sido recibido con entusiasmo. Y es que, los miembros del club se mostraron, no solo conocedores de la obra del autor sino como fans incondicionales de “El garaje Hermético”. Se respiraba pasión desde el primer momento, expectación ante lo que cada unx quería comentar sobre el autor. Era tal la magia que invadía el ambiente que uno de nuestros miembros, para deleite de todos, nos mostró un ejemplar de su colección particular con la obra coloreada. Estuvimos bastante tiempo comparando ambas obras, coloreada y sin colorear, y descubrimos lo diferente y arriesgada de su paleta de colores con respecto a otras obras del autor. Tras unos 15 minutos ojeando ambas versiones comenzaron a aparecer sobre la mesa otras obras, pertenecientes también a colecciones personales, que se encuentran actualmente descatalogadas en librerías y no disponibles en bibliotecas. Así, entre páginas perdidas de editoriales ya desaparecidas, pudimos ver, in situ, gran parte de la obra de Moebius a la que, hoy por hoy, es imposible de acceder.

Tras pasar gran parte de la sesión comentando anécdotas sobre el autor y sus obras “perdidas”, comenzamos a desenmarañar el acertijo que supone la lectura de “El garaje Hérmetico”. Una obra carente de planificación, exenta de guión y con una única limitación: todo está permitido. Un cómic que es imposible intentar entender de manera racional y del que cada uno extrajo unas conclusiones completamente diferentes. No podemos olvidar que este tebeo se basa en la experimentación, en intentar encontrar los límites de la narración gráfica y cuya única finalidad es el disfrute artístico. Por ello, teniendo en cuenta estas premisas y pasando por alto un guión que fluye como una simple anécdota, un escaso grupo de valientes nos vimos “obligados” a redibujar con palabras el plato fuerte de la obra, sus ilustraciones. Nos emocionamos ante cada una de ellas como si fueran una historia en si misma, explicando a los demás el porqué de cada detalle, de cada plano, de cada expresión… deleitándonos con la resolución de las escenas y con la imaginación sin fin del autor. Admirando el trazo limpio, el entintado fino, la complicada composición y la infinidad de detalles que pueden pasar inadvertidos (como la referencia gráfica a su personaje de cabecera, Blueberry o el homenaje narrativo a la figura de Michael Moorcock).

No pudo faltar la referencia a su obra de cabecera, El teniente Blueberry, que fue el veradero responsable de la elaboración de “El garaje” y la creación del alter ego del autor. Giraud, inmerso en una cura de desintoxicación del personaje que pagaba sus facturas (llevaba 12 años haciéndolo) decidió, como fin terapéutico y para alegría de todos nosotros, explorar y reeducar su manera de dibujar con una historia que dos páginas. Esas dos páginas comenzaron a cobrar vida propia y, a través de una sucesión de dibujos automáticos surrealistas se forjó la historia que se convertiría en una de las obras clave del cómic europeo.

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