pyongyangDurante los últimos 20 años he dedicado gran parte de mis ahorros, tiempo y esfuerzo a una de mis grandes pasiones, la música. Al principio comenzó como un hobby más: comprábamos discos, nos los rulábamos entre los colegas y pasábamos tardes enteras comentando canciones y curiosidades de nuestros grupos favoritos. La cosa fue “in crescendo” y, sin darnos cuenta, el poco dinero que teníamos se convertía en revistas, VHS´s, camisetas, cintas y radiocasetes. Con tantas horas invertidas en la teórica no tardamos mucho en dar en el paso a la práctica y, sin ningún tipo de conocimiento musical, decidimos montar un grupo. Así, con el gasto multiplicado por veinte y la ilusión por mil, aprendimos a conocernos mejor practicando nuestros primeros acordes. Poco a poco, encerrados en nuestra propia prisión compositiva, comenzamos a interpretar, a través de nuestros viejos instrumentos, una nueva manera de ver el mundo. Dejándonos llevar por el devenir de nuestra propia (in)consciencia, nuestra música fue asentando las bases de nuestra ideología política y con el tiempo: entre lecturas, influencias musicales, conversaciones de backstage, intercambios de discos e emails; nos enfrentamos, nota a nota, a nuestros miedos. Forjamos, canción a canción, nuestra personalidad. Así, la música se convirtió en una de las partes más importantes de nuestras vidas, grabando en  nuestra retina, además de un montón de discos infinidad de buenos momentos. Lo que no sabíamos era que, sin pretenderlo, marcaríamos a fuego en nuestro cerebro los dos pilares básicos que, hoy por hoy, rigen nuestro mundo: “destruye lo que te destruye” y “Humor, amor, respeto”. Una misma manera de pensar/vivir que que nos ha allanado el camino a la evolución personal, y que, por suerte, nos ha abierto las puertas al resto del mundo para, paradójicamente, acercarnos más a nuestra cultura y a nosotrxs mismxs.

A día de hoy, sigo sin encontrar nada que me haga sentir más vivo que cerrar los ojos mientras toco, que dejar mi mente en blanco mientras ejercito mi cuerpo para liberar a los monstruos que habitan en mi interior. La constante creación se ha convertido en mi válvula de escape y en cualquier escenario, tras unas baquetas, se esconde mi paz interior, se ensancha mi libertad individual.

Por eso me duele tanto ver, en los lápices de Guy Delisle, la privación de esta. Me duele saber que, tras el telón de la idolatría, se esconde el totalitarismo. Me duele pensar que los derechos humanos terminan donde empieza el régimen. Me duele reconocer, aunque no me suene a nuevo, que la sobre-exposición a los medios de comunicación hace que puedas llegar a creerte cualquier cosa. Me duele. Aunque me duele aún más, quizá condicionado por mi pilar básico del respeto, la prepotencia y el complejo de superioridad con el que Delisle tilda toda la obra. Sobre todo, sabiendo que no estamos tan alejados del totalitarismo. Que nosotrxs también vivimos en una dictadura, ésta globalizadora, en donde el culto exacerbado a nuestro Dios Dinero nos obliga a idolatrar lo que no poseemos. Una dictadura en donde el miedo se convierte en el mecanismo de presión del estado, la libertad de expresión en cárcel y el “deporte rey” en control de masas.

Puedo llegar a entender que cada unx de nosotrxs tiene su propio concepto de libertad, pero también sé que éste, la mayoría de las veces y por desgracia, está supeditado a aprendizajes repetitivos perpetrados por familiares, maestrxs y amigxs. Y con esto, no estoy excusando la nulidad de derechos en la que se ampara el comunismo, tampoco entono un “para ellxs la libertad es así” ni mucho menos me muestro a favor de cualquier régimen autoritario, sea reconocido como tal o no. Simplemente, no me cabe en la cabeza la falta de evolución, comprensión y empatía que el autor muestra en su estancia en la ciudad que da nombre al cómic.

Delisle empieza su relato lleno de prejuicios y lo acaba con los mismos que traía de serie. Se muestra excesivamente condescendiente con los norcoreanos, a los que ridiculiza y falta al respeto continuamente, para demostrar, desde su posición privilegiada de extranjero, lo equivocada que está una sociedad a la que no dejan pensar por si misma. Su complejo de superioridad es tal, que no se integra ni se preocupa en investigar el estado real de la situación. Apenas sale del hotel y cada vez que lo hace se dedica a relacionarse con otros extranjeros, intentar ir de fiesta lo máximo posible (a sitios exclusivos de guiris) y a formarse opiniones fundadas en las preguntas que le hacen los demás. En otras obras del mismo calibre, como `El fotógrafo´ de Guibert o cualquiera de Joe Sacco, podemos ver un ejercicio de introspección y un esfuerzo por comprender la situación que aquí resulta inexistente.

El dibujo tampoco es su punto fuerte. Tras unas ilustraciones bastante simplonas (la mayoría en espacios cerrados, sin apenas profundidad espacial, con muy pocos fondos y con gran abundancia de planos medios exentos de detalles), se esconde la búsqueda por encontrar una narrativa visual propia. Puede que, en parte, su estilo este condicionado por la imposibilidad de sacar fotos establecida por las leyes del país, aunque no sería descabellado pensar en que fondo y forma parten de una planificación artística propia detallada por el autor. Sea como fuere y para no caer en el tedio, Delisle intenta salir del paso a dotando a sus viñetas de un carácter cómico. Con ello y sin llegar a ser gran cosa, la composición de página a través de dibujos fríos y grises, aportan un pequeño halo de luz  a una obra que con menos de 200 páginas se antoja repetitiva, larga y con demasiadas anécdotas personales.

Pero no todo va a ser malo. Hay que decir que esta obra, que se convirtió para muchos en una de las imprescindibles del cómic actual, obtuvo parte de su éxito gracias a su crítica social encubierta. Con ella, se concienció al gran público, de manera más o menos amena, de un problema de carácter mundial silenciado durante años por el propio gobierno de Corea. Abriendo el espectro de culpabilidad a gobiernos y empresas que, como la de Guy, obtienen mano de obra barata (literalmente por un puñado de arroz) perpetuando así un problema que desde occidente no es rentable atajar. Destruyendo aún más las vidas de aquellos a los que el azar ha privado de cualquier derecho fundamental.

Por todo ello, porque aún tenemos poder de decisión: alejémonos de lo que nos destruye, de lo que nos hace más débiles; expresémonos, canción a canción, grito a grito y cimentemos, lectura a lectura, con humor, amor y respeto nuestra propia libertad individual.

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