los-ignorantes

A lo largo de nuestra vida, ya sea por interés personal, afición, trabajo o una mezcla de las tres; nos vamos convirtiendo, casi sin darnos cuenta, en auténticxs eruditxs de los temas que nos apasionan. Por ello, tras dedicarle un enorme esfuerzo, horas y, a veces, un montón de dinero, no podemos contener ni nuestra curiosidad ni nuestra lengua y buscamos siempre un hueco para hablar de ellos. Así: amigxs, familia, conocidxs, desconocidxs, … se convierten en improvisados receptorxs de nuestro elaborado soliloquio mientras esperan pacientemente la ocasión idónea para contar lo que a ellxs también les hace vibrar. Al cabo de un rato, cuando los nervios iniciales se convierten en intercambio, el aprendizaje bidireccional va aplacando al ego y la conversación llega al camino del entendimiento mutuo. El camino que convierte a ambos en maestrxs.

Ejercer de maestro ha ocupado gran parte de mi vida laboral y, con el tiempo, la enseñanza se ha convertido en interés personal, afición, trabajo y finalmente pasión. Ser profe mola. Sobre todo, cuando está relacionado con inundar de preguntas, conocimientos y alegría la vida de los cientos de niñxs que visitan semanalmente la biblioteca. Ser educador mola. Pero, despojarse del cinismo social propio de los que se creen adultos y ver la pureza y la verdad de aquellxs que, aún sin haber crecido del todo, son más inteligentes y honestxs de lo que somos cualquiera de nosotrxs; mola mucho más. Conociendo esto, no puedo hacer otra cosa que liberar al niñx que habita en mi interior y pasar de ser maestro a convertirme en alumno de mis alumnxs. Así, a través del aprendizaje compartido no puedo evitar maravillarme con: su manera de ver el mundo, su reacción ante algo nuevo, el cariño que desprende su sinceridad, sus inmensas ganas de aprender, su vitalidad… Sus sueños. Sueños como los que han convertido en profesión los dos protagonistas de esta historia.

Los trabajos de Richard Leroy y Etienne Davodeau, así como ellos mismos, no guardan ninguna relación entre sí. Uno es viticultor y el otro dibujante de cómics. Uno está fuertemente anclado a la tierra que produce sus vinos y el otro a las nubes en las que deambulan sus historias. Uno pendiente constantemente de los factores externos que ayudan a madurar sus caldos y el otro de todo aquello que, pasando a través de su cabeza, hace florecer sus libros. Richard y Ettiene no tienen nada en común; excepto una enorme implicación laboral que roza la obsesión y el orgullo de que su gran pasión se haya convertido en su éxito profesional. Cada uno está muy cómodo en su zona de confort pero todo cambia cuando Davodeau le propone un intercambio de roles: Él trabajará gratis durante un año en las viñas de Richard, que además le introducirá en la degustación y la cata, y a cambio le dará a conocer de primera mano el mundo de los cómics. A partir de aquí comienza una historia que se mueve entre periodismo de investigación, la autobiografía y el relato humorístico en el que ambos se convertirán en protagonistas de un relato de iniciación cruzada.

Una iniciación en la que vemos como se mueven los diferentes mundos y como, a su vez, guardan un enorme paralelismo. No sabemos bien si por el propio esquema de ambas industrias o si por el apego y el control que ambos imprimen a su trabajo. Sea como fuere, nos convertimos en espectadores pasivos del proceso artesanal en el que se basan ambos artistas para elaborar sus trabajo. Desde la elección de viñas, la poda, la creación de barricas, la elaboración de 5000 P, la extración de la uva… de Richard hasta la elección de papel, la luminosidad y el color de la impresión de la página, el formato, el tamaño, los tiempos de edición… de Ettiene. Dos maneras maneras de trabajar que nos recuerda la forma tan personal e íntima con la que los dos crean tanto sus vinos como sus cómics.

Sin embargo el intercambio de roles es desigual y mientras vemos a Ettiene exprimir cada momento para mostrarnos el día a día de la producción vinícola, nos ha faltado que se entrase más al detalle en el proceso editorial. Por suerte, el autor nos ha abierto, literalmente, las puertas de los autores de cómic francobelga más importantes del momento, y entre vinos y lecturas, conocemos en persona a Gibrat, Trondheim y Mathieu que nos regalan su particular visión del mundo del cómic, su manera de entender e interactuar con el medio y la finalidad con la que lo utilizan (como medio de expresión, autoafirmación e incluso de manera terapéutica). Esta intrusión en la vida de los autores hace que se despierte, aún más, el interés por adentrarnos en sus obras otorgándole un plus a la lectura y a su carácter descubridor/motivador.

En el apartado visual nos encontramos con unas ilustraciones de líneas finas que a través de una escala de grises suavizan la lectura a la vez dan uniformidad a la obra. Suponemos que el autor se decantó por esta tonalidad para escaparse del registro cromático de su anterior obra, Lulú, mujer desnuda, y para que no hubiese demasiada diferencia de color en cada período estacional. El dibujo se mueve entre la caricatura y la elaborada documentación, para que, sin grandes aspavientos técnicos ni utilización de una narrativa visual compleja, nos sintamos cercanos a la historia y a los personajes. Así comprendemos de manera directa y racional, sin segundas lecturas ni dobles sentidos, lo que aporta el texto. Así, las ilustraciones sirven de apoyo sin estorbar a la narrativa escrita; demostrándonos que por primera vez que una palabra vale más que mil imágenes y que la verdadera pasión está exenta de color.

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