img_20170125_200156Terminamos el 2016 con un cierto regusto a roble y abiertxs a todo tipo de texturas. Expandiendo nuestra mente y nuestro paladar gracias a Los Ignorantes, una obra que nos descubrió, de nuevo, la magia del crecimiento personal compartido. Por desgracia, debido a las fechas tan señaladas en las que coincidió la puesta en común de la obra de Davodeau, muchos integrantes del Club no pudieron asistir. Pero lejos de que esto impidiera conocer las impresiones y/o teorías surgidas alrededor de ésta y de la anterior obra leída, dedicamos la primera parte del Club a repasar-recordar-deleitarnos con ambas.

En  el re-encuentro con Emma no pudimos dejar de resaltar su sinceridad con los lápices y la palabra. Enamorándonos con el recuerdo de su integridad como dibujante, de su afán por explorar y dominar cada una de las facetas de la ilustración, de su filosofía DIY y, sobre todo, de esa maravilla de cómic que lleva su firma, Bella Muerte. Enseguida salieron frases, autores recurrentes, directores de cine e influencias de las, que durante más de dos horas, Emma nos hizo partícipe. Demostrándonos en primera persona el enorme esfuerzo que conlleva su maravilloso trabajo y la pasión con la que enfrenta a él día a día.

Con un regustillo a vino y una sonrisa en los labios charlamos animadamente sobre Los Ignorantes mientras, recordando su/nuestra historia, dábamos envidia a los que no asistieron. Nos perdimos a propósito entre sus lecturas y volvimos a hojear gran parte de los cómics recomendados en la novela que, aunque no estaban preparados, estaban lo suficientemente cerca como para revisarlos de nuevo. Una vez más nos acordamos de Richard y Etienne, de las similitudes en su trabajo, del control exhaustivo que ejercen en sus producciones, de lo natural de la situación a pesar de su extraordinariedad, de la biodinámica, del “cómic de autor” frente al “vino de autor”, de las preguntas que genera el comienzo de la obra… para enlazar, sin saber aún bien como, con Degenerado.

En un primer contacto, nos descubrimos hablando maravillas de él sin abordar nada en concreto. Y es que las buenas obras son esas que te dejan sin palabras, que te invaden la mente, que poseen tal cantidad de temas que es imposible abordarlos todos. Así que de primeras comentamos tímidamente lo bueno de su historia, sus ilustraciones tan llamativas, el uso del color tan poco convencional… que nos sirvieron para recomendar otras obras que habíamos seleccionado y que nos recordaban de una u otra manera a Degenerado. Algunas de las que presentamos eran de la propia autora, otras tenían como telón de fondo la guerra mundial (como la magnífica Berlín de Jason Lutes) e incluso surgió de entre la penumbra Ese Cobarde Bastardo de Frank Miller, cuyo uso premeditado del color amarillo nos recordó a lo hecho con el rojo por Cruchaudet. Con el recuerdo de la historia de John Hartigan y Nancy Callahan comenzamos a desengranar el inicio de la historia. ¿Y que fué lo primero que nos llamó la atención?. El ya conocido juez vistiéndose/desvistiéndose que aparece en la primera página. Un personaje que nos incita a pensar en que lo que llevamos puesto importa más que lo que somos, que nuestras apariencias influyen en nuestro status, que el transformación de nuestra personalidad requiere un cambio de vestuario.

Metidos ya en materia nos dimos cuenta de que los grandes personajes de la historia son aquellos que están velados; uno en la novela gráfica (la I guerra mundial) y el otro en el cuerpo de Paul Grappe (Suzanne). Siendo precisamente el primero el que desencadena la aparición del segundo. No por los horrores que el propio Paul vive en la Guerra, sino por el proceso de privación del YO Freudiano. Cuanto menos era él más ansiaba ser otra persona. Así, del alcoholismo, el encierro, la soledad y la desesperación salió un nuevo yo que acabaría siendo el predominante.

Esto nos llevó a plantearnos una duda que se remonta a la psicología de principios del S. XX. ¿Qué es más determinante en hacernos como somos; el ambiente que nos rodea o nuestros propios procesos internos?. Esta lucha encarnizada entre el conductismo y psicoanálisis generó división de opiniones, que se fueron disipando cuando introdujimos una de las más conocidas terapias humanistas. Ahí nos dimos cuenta de que, en realidad, Suzanne siempre había estado ahí y que solamente necesitaba un empujoncito para salir. Que tanto el medio como tu propio yo interior ejercen un gran poder sobre nosotrxs mismxs.

La otra cara de la moneda, el cuarto personaje en cuestión (si reconocemos como personajes la guerra y la otra identidad de Paul) también dió mucho de sí. Parece que, tras la doble personalidad de su marido, Louise permanece en un segundo plano; pero nada más lejos de la realidad. Se trata de un personaje completo, complejo, con infinidad de matices y con una trayectoria cíclica (que somos incapaces de vislumbrar al inicio de la historia) que nos precipita a su tan sorprendente final. Se ve una persona fuerte emocionalmente, equilibrada y con una capacidad camaleónica para adaptarse a cualquier situación. A medida que avanza la novela, vemos como cambia sin cambiar. Se vuelve desconfiada, astuta y se encierra en si misma como una oruga que se sabe mariposa. Como una niña escondida esperando pacientemente el momento de salir.

Tras el análisis de los dos (o cuatro) personajes principales surgió la gran pregunta: ¿Cuál fue el verdadero detonante de que la historia se precipitase a su trágico final?. A partir de ahí comenzaron un montón de elucubraciones que entroncaban perfectamente con la compleja personalidad de ambos personajes. Celos, piedad, evitar su propio sufrimiento, pensar en el futuro, envidia, maltrato psicológico, estabilidad emocional, embarazo… una cantidad enorme de “excusas” que conforman el retrato de dos personalidades tan dispares como similares. Dos personas cuyas vidas han sido tan trágicas y reales que se ha tenido que utilizar la “ficción” para poder ser contadas en todo su esplendor.

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