Durante siglos hemos querido ganarle el pulso a la muerte. Hemos buscado, sin descanso, la inmortalidad. Resurgir de las cenizas como el ave fénix, vivir eternamente en el mundo físico (o redimido en el mundo espiritual) y/o sobrevivir a la muerte a través de nuestro legado, han sido uno de los mayores anhelos de todas las civilizaciones que han poblado la tierra. Éstas, independientemente de sus ideales y creencias, han visto en la gloria individual una manera de competir con los dioses y han luchado por convertirla en su principal motor político, económico, social e intelectual.

La gloria individual ha sustituido a la larga búsqueda, por parte de los alquimistas, de encontrar el elixir de la eterna juventud. La falta de respuestas ha hecho que encontremos en… “la fama”, una nueva manera de crear una falsa sensación de eternidad y de entender el ego. La fama, movida por el miedo a lo desconocido y la angustia de sabernos perecederos, nos dirige, sin darnos cuenta, hacia una visión antropo(ego)centrista del Universo. Una visión en donde no es el hombre sino el YO el centro de todas las vidas de los que orbitan a nuestro alrededor.

Hoy por hoy la fama es efímera, sobreexplotada y con un único fin: obtener el máximo beneficio con el mínimo esfuerzo. Sin embargo, la antaño conocida como gloria imperecedera aparecía siempre envuelta en un halo romántico. En las grandes gestas, las antiguas batallas y a través de los grandes héroes la inmortalidad apabullaba a través de poesías, canciones y relatos. En las épocas doradas y en la plenitud de los imperios los nombres imperecederos llegaron a nuestros días construídos en marmol y piedra. En las épocas oscuras los rostros se escondían a plena vista tras un lienzo y los grandes pensamientos en los lugares más recónditos.

En “Una historia violenta” también nos encontramos en un lugar recóndito: Raven’s Bend, un pequeño pueblo de Michigan, en el que los rostros procuran esconderse a plena vista. Los imperios son viviendas unifamiliares que han construido a base de sudor y los héroes rescatan gatitos de los árboles. Las grandes batallas se libran para llegar a fin de mes y el pragmatismo domina la monotonía que supone su ideal romántico de convivencia. Todo es armonía, hasta que la fama, no buscada de uno de sus habitantes, revela el paradero de un hombre que ha buscado, durante años, dejar su YO olvidado y desaparecer. Erigiéndose como la antítesis de la eternidad, éste quiere acabar sus días en el ostracismo de su anodina vida; pues sabe que los héroes hace tiempo que han sido olvidados y sepultados en el rincón más oscuro de la vieja Nueva York. Sabe que un imperio construido a base de sangre acecha para arrebatarle su nueva vida.

John Wagner y Vince Locke, nos ofrecen un relato en el que se ponen en contrapunto las dos Americas. Una superpoblada y llena de secretos, otra pequeñísima y llena de matices, y ambas unidas por una historia de venganza. A través de sus páginas se entreteje una historia de novela negra al uso, sin fisuras, con grandes dosis de acción, que juega con el lector y su percepción sensorial para elaborar un trama fácil en el planteamiento pero compleja en su resolución. Con gran habilidad se combinan situaciones, elementos y personajes para cerrar la BD con un sorprendente broche final.

Las ilustraciones con trazo sucio, vivo y tenaz son fuego puro. En una primera impresión pueden parecer imprecisas o incluso poco elaboradas, pero cuando te metes de lleno en el guión descubres que las líneas bastas y emborronadas se convierten en una sutil composición de hoja. En ella el juego de sombras cumple su propia función estético-narrativa alimentada por un poderoso entintado. Todos ellos, incluso los que poseen más carga de oscuros, están elaborados a través de un trazo fino que aporta los matices necesarios para ahondar, además de en la historia, en la vida y psicología de los personajes. Conociéndolos mejor a través de sus gestos, de las sombras que generan, de su interactuación con los demás, de la fragilidad con la que, trazo a trazo, se vuelven inmortales en el papel.

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