Ésta ha sido, sin duda, la reseña más difícil que he tenido que realizar. Durante semanas he pasado horas delante de la pantalla del ordenador escribiendo y borrando frases; desechando párrafos en favor de una sola palabra; releyendo, con ánimo de inspirarme, cosas que ya había publicado; esquivando la tarea de ponerme a redactar; olvidando intencionadamente la obra con el fin de renovar mi entusiasmo… sin encontrar un atisbo de luz que me permitiera sanar el pequeño reducto de oscuridad que Historias del Barrio ha instalado en mi corazón.

Ante esta sensación de falta de éxito (y de fracaso), no he podido hacer otra cosa que deambular por esa colección de recuerdos tristes que, igual que a Gabi Beltrán, han marcado mi paso a la vida adulta. Los mismos recuerdos que, a través de muchas otras personas y en muchas otras ocasiones, se han alzado, imponentes, para llevarme al callejón sin salida al que, más por comodidad que por necesidad, siempre vuelvo. Recuerdos pertenecientes a una realidad demasiado dura, demasiado cruel, y que alberga tantos episodios difíciles de mi propia vida que, por pertenecer a la categoría de resueltos, he querido olvidar. Sin saber que, inconscientemente, muchos de ellos me han estado acompañando durante toda mi existencia. Sin esperar que el precio que me ha tocado pagar por ellos sea la coraza, que aún a día de hoy, he sido incapaz de romper.

Esta obra es tan difícil de reseñar porque también lo ha sido de escribir. Localizar, ordenar y plasmar, de manera sincera e imparcial, los sentimientos que celosamente hemos decidido conservar para nosotrxs mismxs es una tarea a la muy pocxs se enfrentan. Revivir, redescubrir y afrontar, sin juzgar, todos los actos pertenecientes a una etapa de tu vida extremadamente abrupta es dejar de huir hacia adelante. Es sanar el vacío con el que te has acostumbrado a vivir.

Por ello, Gabi, nos brinda un ejercicio introspectivo en el que, a través de sus ojos de adulto, nos devuelve la mirada de su yo adolescente. Se enfrenta, cara a cara, con los fantasmas de su pasado para enterrar, en cada página, entre lágrimas de alivio y de dolor, el hecho que ha frustrado su capacidad de creer: el abandono. Un abandono que, amparado por el miedo y alimentado por la frustración, ha paralizado la primera etapa de su vida. Un dolor que, unido al azar de vivir en un barrio problemático, le ha obligado a tomar decisiones equivocadas. Un sentimiento férreo que le ha impuesto ejercer la búsqueda de una nueva familia a la que nunca podrá abandonar, pero que, paradójicamente, le impide convertirse en la persona que siempre quiso ser.

A partir de ahí, y a través de un relato tremendamente honesto, Gabi nos muestra las relaciones con su nueva familia: sus amigos. Un muestrario de gente que viene y va, que nos adentran en la dureza de vivir en un barrio marginal de Mallorca en los años 80. Un barrio en el que en cada esquina hay una historia que contar. En donde el sufrimiento, la frustración y la melancolía dan paso a la obligada madurez, a la necesidad de vivir al límite, de romper las normas, de soñar con las estrellas y mirar el mar. Un barrio en el que la fantasía se erige como necesidad de quienes saben que las diferencias sociales son como las propias fronteras de Palma: infranqueables. Un barrio en el que, dentro del caos, hay pequeños atisbos de felicidad y libertad que sirven como válvula de escape para quienes quieren entender el mundo entendiéndose a ellxs mismxs. Un barrio que representa parte de la historia reciente de un país que quiere volver a empezar.

Este concepto de barrio, que por desgracia estamos perdiendo en una sociedad cada vez más globalizadora, está perfectamente reflejado a través de un guión fuera de lo común. Un guión en el que se alinean frases, sentimientos evocadores, dureza de situaciones y doble ejecución narrativa (con páginas escritas en presente, sin ilustraciones, al final de algunos capítulos) para formar una conjunción perfecta. Todo está tan bien hilvanado, planificado y expuesto, que se podría prescindir perfectamente del apartado gráfico. De hecho, éste no solo queda en un segundo plano sino que hace que el texto pierda fuerza. Y no estamos hablando de una mala ejecución; sino de una diacronía del conjunto.

El marcado carácter infantil de las ilustraciones acaba desvirtuando los acontecimientos. Con unos personajes demasiado esquemáticos, una paleta de colores demasiado viva y una planificación de página demasiado ordenada, se suaviza, en vez de enfatizar, el carácter oscuro y desestructurado de la historia. Sin contar lo poco que aportan las ilustraciones a nivel narrativo. Ilustraciones que nos muestran, en contadas ocasiones, panorámicas de la ciudad, que se centran demasiado en los personajes sin mostrar la amplitud y, a la vez, el sentimiento de angustia de vivir rodeadx por el mar. De vivir en una ciudad de la que es tan imposible escapar como de las vidas de unos jóvenes obligados a vivir en el fracaso.