Oda 
nombre femenino
1.Composición poética del género lírico, normalmente dividida en estrofas o partes iguales, cuyo tono es generalmente de alabanza.
2.En la lírica griega, poema dividido en tres partes que cantaba un coro.

Lo primero que piensas al terminar de leer los tres tomos que narran las desventuras de Kirihito es: Al que habría que componer una Oda sería a Tezuka. Y no sólo porque el cómic sea una maravilla, que lo es, sino porque el legado artístico que nos ha dejado el autor, tanto a fans como a profesionales del medio, es tan variado, rompedor y extenso que podríamos ocupar un año de entradas en este blog escribiendo sobre él sin repetir ni una sola palabra. Pocos autores han tenido una carrera tan intachable (Adolf, El árbol que da sombra, Astroboy, Black Jack, Buda…) y tan prolífica (se estima, ha realizado alrededor de 700 mangas) como la suya. Se podría pensar que de tan basta producción (de la que sólo una parte ha sido editada en nuestro país) hay mejores y peores obras, pero lo cierto e impresionante de Tezuka es que incluso aquellas obras consideradas por los expertos como “menores” (Oda a Kirihito es una de ellas), son de una belleza narrativa (gráfica y textual) y de una complejidad estructural y temática que hacen que desechemos de inmediato la propia terminología utilizada para catalogar su trabajo.

Y es que el Dios del Manga es único en su especie. Un creador de historias nato que ha hecho de la revolución y el inconformismo su trabajo. Un loco que ha vivido su vida explorando los (sin)límites del manga. Un explorador incansable empecinado en reencontrar y redefinir constantemente su estilo narrativo. Un iconoclasta que tuvo la osadía de conceder al lector una parte activa en la narración, en una época en la que nadie creía que los cómics estuviesen hechos para los adultos. Un visionario que izó a lo a más alto un medio que estaba intentando encontrarse a sí mismo. Un enamorado del lado más oscuro y salvaje de la psique humana. Un hombre cuya definición más acertada sería: cómic en estado puro.

Para nuestro gozo y deleite, a través de Oda a Kirihito, Tezuka nos regala un poema sin ser poema, un canto kármico a la ley universal de la causa-efecto, un mensaje de elogio a todas aquellas personas que no se dejan llevar por las adversidades, que persiguen la verdad de manera implacable y que son capaces de evolucionar, física y mentalmente, hasta encontrar su mejor versión. Como contrapunto narrativo tenemos un desfile de seres con una mezquindad y frialdad elevada a grado superlativo que exponen/imponen, de manera arrolladora, directa y sin ningún tipo de contemplación, su posición de poder en su propio beneficio. Completan el espectro una cantidad enorme de personajes secundarios que aportan luces y sombras a partes iguales, llenos sutiles matices de comportamiento, que abren el abanico a la compleja y desestructurada condición humana que deambula, a diario, por nuestras vidas.

A través de estos personajes, Tezuka nos invita a reflexionar sobre la estructura piramidal del sistema médico japonés. Un sistema que no dista mucho de las castas que conformaban el Japón feudal. Un sistema autárquico que busca el reconocimiento y el poder a título personal frente al avance de la ciencia. Un sistema obsoleto e injusto que se rige por el dinero.

Con este punto de partida, se abordan una infinidad de género y temáticas, casi a cada capítulo, que dejan entrever el gran dominio estructural y narrativo del autor. Así tenemos una novela gráfica de aventuras (comenzando con la búsqueda del origen de la enfermedad del Monmo) que se convierte en western (con la llegada y estancia del protagonista a Inugamisawa) para pasar después a la novela histórica, sin olvidarnos del thriller y la crítica social. Pero no sólo eso, también tenemos una historia cargada de épica, con mucho dramatismo, en donde la tragedia, la búsqueda de venganza y la posterior redención conforman el retrato filosófico, psicológico, antropológico, histórico y social del “hombre” en su estado puro. Un retrato en el que tienen cabida el racismo y la degradación humana, el machismo y la violencia sexual, la envidia y el temor a lo desconocido, la corrupción, pero también la libertad individual, el desinterés, la lucha, el coraje y el amor.

En el apartado gráfico nada nuevo en Tezuka, que no es poco. A pesar de que, dado el cariz de la historia, lo mejor sería haber utilizado un registro en blanco y negro puro, como posteriormente hizo en MW, el autor optó por el blanco y negro con gran registro de grises. En un principio esta elección puede desconcertar, pero una vez metidos en materia podemos observar la profundidad narrativo-visual que imprimen estas notas de color, lo bien que se ajustan a la rompedora planificación de página (con viñetas abiertas, rasgadas, por veces superpuestas y siempre con perspectivas casi imposibles) y, sobre todo, la extraña relación que poseen con el diseño de personajes. Éstos, reconocibles pero nada arquetípicos consiguen, precisamente con este juego de luces y sombras, crear un ejercicio de percepción intersensorial que llega a ser hipnótico. Creando la ansiada comunión- autor-lector-cómic -que tanto persigue Tezuka y que delimita el único modelo de lector posible de sus novelas, el omnisciente.

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