Lo realmente difícil de escribir una reseña sin spoilers es contagiar el espíritu del tebeo sin desvelar demasiado. Es tomar consciencia de todas las emociones, sentimientos y vivencias que transmiten sus páginas y convertirlas en propias; intentando conectar con todo lo que han querido transmitir lxs autorxs. Es trascender temáticas y tramas principales para buscar lo que está escondido a simple vista. Es encontrar la magia. Recomponer, con fragmentos de nuestra propia vida, la deliberada falta o saturación de texto e imágenes y remover nuestro inconsciente para que brote la verdadera esencia de la obra.

Por desgracia, cuanto más cercana a nuestra realidad sea ésta, más difícil será encontrar el equilibrio, exento de juicios y valores, que nos permita admirar la obra por su conjunto y no por su contexto socio-político. Cuanto más real, más tendremos que adentrarnos en ella para encontrar los matices sutiles que nos intenta transmitir. Cuanta más emoción contenga, más difícil será el ejercicio de autoidentificación que tengamos que realizar para acercarnos a lxs personajes. Y cuanto más íntima, paradójicamente, más fácil será formar parte del elenco de protagonistas que, tras una escala infinita de blancos y grises, han compartido sus sentimientos con nosotros.

Puede parecer un disparate establecer diferencia entre íntimo y emocional ya que ambos términos han estado ligados tanto tiempo que hemos llegado a confundirlos. El intimismo tiene que ver más con la transparencia emocional que con que la emoción en sí. Por el contrario, la emoción, ya sea por identificación o por repulsa, está más ligada a la opinión; y ésta, si está sesgada, manipulada o carente de matices, puede llegar a forjar en nosotrxs posturas estereotipadas y extremistas que poco, o nada, tiene que ver con nosotrxs y con la calidad de nuestros actos.

El intimismo o la emoción son el quid para desgranar los secretos de una obra. Sin embargo, hablando estrictamente de Paracuellos, vemos como Giménez ha sabido dotar a su cómic de ambas, creando a su vez un fondo y forma muy diferente a lo que nos tienen acostumbrados los relatos autobiográficos. Ya no hablamos solo de la disposición, en formato tira cómica, de sus historias cortas; sino de la supuesta carencia de emoción que, deliberadamente, está impresa en su conjunto. Esta emocionante falta de emoción nos llama a descontextualizar el País y la época en la que transcurre la BD para presentarnos, de manera aséptica y sin ningún tipo de juicio, la vida en un internado a través de los ojos, ya no sólo del propio autor, sino de todos los niños que habitaban en el. Dentro de este absurdismo filosófico, somos nosotrxs, y no la sucesión de los hechos, lxs que tomamos posición dentro de la historia sin que interfieran, para ello, las relaciones entre los personajes (adultxs y niños) que forman parte del hogar. Son nuestros ojos de adulto los que intuyen emoción en la visceralidad de la infancia así como el adoctrinamiento, los dogmas y la opresión a las que se ven sometidos los protagonistas para crear un nuevo modelo de sociedad. Una nuevo modelo de una sociedad que ha sido abandonada a su suerte tras el desamparo de una guerra en la que todxs hemos perdido. Un nuevo modelo de una sociedad a la que se le ha prohibido toda capacidad de soñar. Todo atisbo de ilusión o emoción.

Si bien, esta falta de emoción envuelven el carácter general de la obra; hay dos elementos, relacionados entre sí y con un nexo común a todos los personajes, que hacen que la obra sea, si cabe, aún más coral: La soledad y el abandono. Solo tenemos que fijarnos detenidamente en la portada para darnos cuenta de que bajo el telón del franquismo el único deseo que esconden estos niños es volver al hogar que les ha sido arrebatado. Esta esperanza, que actúa como constante en toda la novela, sirve como contrapunto a las mil y una hazañas, situaciones y disparates que se suceden a lo largo de más de 600 páginas. Una esperanza que da un toque tierno e incluso humorístico al principio del tebeo pero que sabemos, desde nuestra posición privilegiada de lector omnisciente, se acabará convirtiendo en amargura. La soledad y el abandono transforman tanto a los protagonistas que nos será prácticamente imposible reconocerlos; nos será imposible no sentir repulsa por cualquier tipo de autoritarismo.

Con respecto a la ilustración vemos una plausible evolución a lo largo de la novela. A pesar de que el formato y la extensión apenas varían (de hecho, se echa en falta muchas veces una historia más larga), el dibujo realista presente en los primeros volúmenes acaba convirtiéndose en una versión caricaturizada, e incluso infantilizada, de la primera versión. Si bien es cierto que “parece” que el dibujo se intenta amoldar a los cánones estéticos de cada época en la que se creó (recordemos que los dos primeros álbumes fueron realizados a finales de los 70 y el resto se empezó a publicar a finales de los 90), creemos que la segunda etapa tiene más fuerza y es más rica estéticamente. En ésta, las líneas redondeadas y el carácter caricaturesco de la ilustración suavizan a la vez que enfatizan las situaciones; las hacen más reales y nos sentimos más identificados con ellas. Con respecto al uso del blanco y negro pasa lo mismo; en los dos primeros volúmenes vemos como el color negro puro impera en cada una de las viñetas lo que nos invita a sentir frustración, ira contenida y falta de libertad. A partir del segundo, el blanco es el color predominante. Gracias a él, podemos ver mejor a los personajes, somos más conscientes de su evolución, tenemos más sensación de amplitud de página y expandimos nuestra mente, más allá de la introspección, gracias a la amplitud de espacios que se generan. El blanco también actúa como contrapunto de las situaciones; aportando un halo de luz a unas vidas destinadas a vivir en la oscuridad.

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