Ghost World es una de esas lecturas nihilistas y críticas que es necesario revisitar cada cierto tiempo. Ya no solo porque, a pesar de estar ambientado a principios de los 90´s, está de vigente actualidad sino porque hace que te replantees preguntas que creías olvidadas.

La primera: ¿Quién soy?, viene directamente relacionada con la edad de las protagonistas y se va convirtiendo, poco a poco, en el lait motiv de la novela gráfica. A través de esta pregunta, descubrimos a dos adolescentes que están forjando su personalidad a base de “odiar” todo lo preestablecido. No se trata de un odio sincero ni premeditado sino que es, simplemente, un rechazo al paradigma de hombre/mujer convencional y una manera de confrontarse contra lo socialmente establecido. Por ello, sus teorías conspiratorias y sus críticas absolutamente destructivas no son más que un juego con el que pretenden explorar sus propios límites.

Relacionada con la primera tenemos: ¿Soy feliz?. Una pregunta que bebe directamente de ese ambiente pesimista, descreído y visceral que asola los pueblos pequeños y medianos del extrarradio estadounidense y que aparece personificada en el elenco de protagonistas secundarixs que se cruzan con las vidas de Coleslaw y Doppelmeyer. Éstxs, lejos de ser el prototipo que persiguen nuestras protagonistas, justifican sus desmesuradas e incongruentes acciones de forma pueril; con un cínismo brutal y una enorme carencia de principios. Conformando, de esta manera, un demoledor retrato del vacío existencial inherente al hombre moderno.

Y por último, hacia el final de la novela se nos plantea: ¿Soy realmente libre?. Con unas vidas antitéticas que se mueven entre el conformismo y la búsqueda de sus propios sueños, nuestras protagonistas se van alejando (de sí mismas y la una de la otra) porque se sienten atrapadas en su propia condición. Con la sombra del miedo y la soledad acechando, van tomando decisiones y modificando actitudes para abrirse paso hacía lo que nunca habían querido: convertirse en personas adultas.

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