Cualquiera que se considere lector de cómics, y me atrevería a decir que cualquiera que se considere habitante de este planeta, ha escuchado hablar de Corto Maltés. El último caballero romántico. El marino que selló, en su propia mano y con una navaja, su línea de la fortuna. El personaje que se ha asentado en el imaginario colectivo de varias generaciones. El apátrida que admira impertérrito, durante el mes de Agosto, la llegada de los barcos a nuestra ciudad de cristal…

El legado de Corto, sus hazañas y sus historias son patrimonio de la humanidad. Tanto, que han superado con creces a la figura de su propio creador, Hugo Pratt. Un autor que, a pesar de ser “alter ego” del protagonista principal, se ha visto eclipsado por la fama de su personaje y se ha convertido en un mero figurante de sus propios cómics. Su personaje se hizo demasiado grande para él, pero la historia que nos ocupa ahora tiene una lectura completamente diferente.

En La balada del mar salado, donde aparece por primera vez, nos aproximamos a un Pratt-Corto muy diferente a todo lo que vendrá después y, a la vez, al mismo que aparecerá en todas las novelas gráficas. Demasiado rudo, un tanto frío e interviniendo poco en el devenir de los acontecimientos, tanto el personaje como la propia historia, parecen más un experimento para delimitar las posibilidades del medio que el inicio de una saga. Esta experimentación hace algunos recursos literarios sean confusos, al igual que algunas ilustraciones y/o personajes, lo que provoca que la narración no fluya de manera natural, que la trama sea algo tosca y que se precipiten acciones y temáticas principales y secundarias.

Sin embargo tiene cosas muy interesantes: Temáticas muy adelantadas a su tiempo (tratamiento del racismo, la libertad…), lugares que no suelen ser el epicentro en donde se desarrolla la acción (Pacífico Melanesio), ambigüedad moral de los personajes,… que nos dan pequeños detalles de lo que llegará a convertirse. Aunque, sin duda, lo que más nos engancha del tebeo es la la relación que tiene Corto con su némesis: Rasputín. Una relación de admiración-odio que ha forjado ambas personalidades. Una relación que fluye imparable como los mares y océanos por los que deambulan ambos marinos.

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