Batman siempre ha sido unos de mis superhéroes favoritos. Cuando era chaval, Adam West me encandiló con su divertida interpretación y, gracias a ella, logré enamorarme del personaje. Con el paso del tiempo los dos hemos madurado y, de alguna manera, a través de sus lecturas, he logrado conocer al personaje en toda su complejidad. Todas sus grandes aventuras y gran parte de sus historias horribles, han pasado por mis manos; pero si tengo que recomendar alguna, más que por su calidad por dotar de coherencia a toda su figura, sería ésta – Batman: Año uno.

Y, ¿Por qué?. Pues porque nos muestra al hombre antes del superhéroe. Una persona vulnerable, llena de dudas, de carencias. Una persona que tomas malas decisiones, que entra en un juego de ensayo-error en donde el precio a pagar es muy caro. Un héroe atormentado, ya no sólo por su pasado sino por la indefinición de un futuro que le provoca más miedo que el personaje a interpretar.

Pero no sólo Batman tiene cabida en cómic; también es el año uno de un personaje cuyo destino es encontrarse con el enmascarado para luchar contra el crimen de manera paralela a la vez que antagónica: El, aún no comisario, Gordon. Una persona formada, decidida y cabal que asciende , a nivel mediático, por ser el único policía no corrupto de la ciudad. Un super-policía sin fisuras cuya vida profesional es inversamente proporcional a su vida personal.

Y, como telón de fondo tenemos el envoltorio perfecto: Gotham. Opresora y peligrosa en los lápices de Mazzucchelli, oscura y tétrica en el color de Lewis. Una ciudad, como nunca antes vista: acechante, intimidadora y escalofríante que imprime una sensación de desasosiego en el lector tan solo con mirarla. Una ciudad rota por el dinero y la corrupción. Una ciudad tan emocionante como el devenir de sus dos personajes principales.

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